sábado, 13 de diciembre de 2014
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Un frío recorre mi cuerpo, un frío algo más extravagante y raro de lo habitual, una sensación de frialdad en la que hasta los mismísimos huesos se te hielan, la sangre no fluye pues está helada. Así me siento, al verte, siento que mi cuerpo se hiela, nada cuenta ni influye cuando estoy a tu lado, capaz de congelar a una persona entera de pies a cabeza. Puede que llegues a leer esto, tal vez no, tus ojos sacados de una novela escrita para la ficción, algo extraordinario que la gente corriente solo aspira a imaginar pero que, en cambio, está presente en su día a día. Al mirarme, creo que me leen el alma, tal vez no sepas qué siento en ese momento, pero puedes ver a través de mis ojos. Veo un bosque, con nieve, el único sonido de mi respiración, ahogado, exhausto, como si hubiera estado corriendo durante horas, luego llegas tú, como el verano, ardiendo y quemando todo a tu paso. Todas las barreras para que no volviera a suceder lo mismo construidas con la frialdad de mi corazón se han visto derretidas en pocos momentos y días. Siento en mi piel una lluvia, no cualquier lluvia, una lluvia dañina, que solo con rozarte te duele, esas gotas de agua que penetran mas allá de mi piel y musculatura, algo mas al fondo, que te destroza por dentro. Arrastrado por un río, así es como tú me llevas, yo simplemente fluyo gracias a ti, es la forma en la que eres la que lleva consigo una vida y fluye mansamente. Una cascada, su sonido, apaciguador, sentarte debajo de ella y sentir como se te cae un mundo encima, como toda la naturaleza te aplasta, pero es un dolor que en el fondo te hace sentir tranquilo, así me transmites tú tu tranquilidad y dolor
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